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Autor: Pablo Córdoba
 
«Como en tantas otras ocasiones, mi viejo salió y abrió el portón. En seguida me preguntó cómo había pasado el día. Lo miré de soslayo, puse primera y entré al garaje. Apagué las luces, apagué el motor y, mientras bajaba, le dije que todo había andado bien.
Mi viejo era un hombre grande (setenta y pico de años). Estaba jubilado y se la pasaba en casa. Se aburría bastante, según le escuché decir una vez. Pero así es la vida: quien no sirve para trabajar; no sirve para nada, vive de sobra y estorba a los demás.
Como otras veces, comenzó a protestar diciendo: “Mira en la fecha que estamos y todavía no hemos cobrado los jubilados. Encima los impuestos siguen aumentando…
Ayer llegó la cuenta del gas; la luz venció la semana pasada; el teléfono volvió a aumentar… ¡Eso sí, eh!… sino controlas tus llamadas; no sé cómo haremos para llegar a fin de mes, porque yo no doy más! ¡No aguanto más!”
No recuerdo si, al menos, lo miré. Sí, que no le contesté nada. Prácticamente casi ni hablaba con él. Además, esos temas, que tanto le preocupaban, a mí poco y nada me importaban. Así que por última vez observé la moto, guardé las llaves en el bolsillo, abrí la puerta de la cocina y entré sin decir una palabra.
La relación estaba muy deteriorada. En realidad, todas mis relaciones familiares pendían de un hilo. Por momentos tenía la sensación de que estaban a punto de estallar como una fruta agusanada.
Descubre una de las claves de la felicidad
Es cierto que los tiempos han cambiado y que la vida familiar moderna dista mucho del estilo de vida de los abuelos. Pero, pese a las mutaciones, después del amor mutuo, el pilar de las relaciones familiares sigue siendo la comunicación: el diálogo. Eso no ha cambiado.
Si por tu parte sólo hay indiferencia, silencio, gritos sordos y egoístas: tu vida familiar será un infierno. En un ámbito como ése, te aseguro, es imposible encontrar la felicidad que estás buscando.
Entonces, ¿dónde ir a buscarla? ¿Qué hacer para ser feliz?, te estarás preguntando.

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Pablo Córdoba.