Seleccionar página

Mi querido amigo:
Escribo este post para compartir contigo esta dulce y triste noticia: en la vísperas de la Fiesta de la Inmaculada Concepción, falleció mi padre.
Debo confesar y espero no alarmar a ninguno, pero he vivido, pese al gran dolor de la pérdida física, dos días de una dicha (serena) indescriptible. Una profunda paz, una gran serenidad, pese a que fue muy doloroso ver a mi madre y a mis hermanos llorar delante del cuerpo de mi papá.
Como ya todos sabemos, el dolor de la pérdida del ser querido, ¡no safa nadie! El que dice que no le duele, miente.
Algunos desearán saber de qué murió mi viejo, qué le pasó, si era una persona joven y estaba tan bien. Al menos eso es lo que la mayoría me ha preguntado.
Debo confesar que no lo sé. Pero sí tengo la absoluta certeza que mi viejo murió de amor.
No fue precisamente un hombre muy piadoso, sino más bien, un católico poco practicante. Pero fue un hombre muy bueno, de un gran corazón. Yo no tengo más que palabras de agradecimiento y gratitud para con él. Ningún rencor, ningún reproche, solo agradecimiento y amor.
Lo que más le agradezco a mi viejo fue que tuvo la gran valentía de convertirse y dejarse ganar el corazón por María, su Santísima Madre. Ella se encargó personalmente de su conversión. Primero lo hizo volver a Misa, luego lo llevó a la Confesión, a la Comunión y lo acompañó en las dos operaciones que pasó este año y finalmente lo tomó en sus brazos para presentarlo ante Nuestro Padre del Cielo.
No me cansaré de repetir (aunque algunos piensen que estoy mal de la cabeza) que todo lo hizo Ella.
Tiempo atrás, a la salida del quirófano, el cirujano me comentó que no es explicaba como alguien con las arterías en el estado en que las tenía estuviera vivo y haya sobrevivido a la operación. Yo que no sé nada de medicina y ante quedar en ridí*** improvisando respuestas médicas, opté por enseñarle el Rosario. Él se quedó en silencio.
En realidad, en aquel momento, su alma no estaba en condiciones, por eso Ella lo mantuvo vivo, esperando el momento oportuno. Pero, cómo se lo decía al médico que creía tener en sus manos la vida de mi papá. ja, ja, ja.
La Santísima Virgen le cambió el estado de ánimo, lo sacó de la depresión, hizo que se reconciliara con su esposa y con sus hijos. Lo invitó a ir a Tres Cerritos, en Salta, para participar por adelantado de la Fiesta de la Inmaculada Concepción y mi viejo con ánimo sereno y entusiasmado aceptó.
Sin saber que el viaje tenía como destino final el Cielo o tal vez sí, se subió al colectivo. En en el Cerro, participó de la Santa Misa, de la procesión y lo más importante, estando confesado: comulgó. Fue entonces cuando aquel corazón deteriorado, dio señales de debilidad y seguramente al no resistir tanto amor, se rajó.
Pero aún faltaba que se despidiera de mi hermana que vive en Jujuy, ciudad donde se descompensó. Lo internaron y en una terapia soleada, con vista a los cerros y rodeado de gente humilde. Allí, lleno de calma y rodeado del amor de su esposa, su corazón volvió a encontrarse con el Corazón Inmaculado de María. Esta vez para siempre, por toda la eternidad. ¡Bendito sea Dios!
Era la vísperas de la Fiesta de la Inmaculada Concepción y, en su infinito amor de Madre, lo fue a buscar en Su Fiesta para que él estuviera entre las almas del Purgatorio que liberaría ese día, como lo había prometido. Y lo cumplió.
No pretendo evadir el dolor (por que lo tengo) ni es que me esté haciendo el superado o fingiendo que aquí no ha pasado nada. Pero, saber que mi viejo se salvó para siempre y que algún día nos daremos un abrazo eterno me llena el alma de una serena alegría y muchísima esperanza.
Esa dulce dicha la quiero compartir con vos y con inmenso cariño de amigo, preguntarte qué estás haciendo por la salvación de tu papá.
No cometas el error que cometí yo, de querer convertirlo insistentemente. Vos, que podes hacer las cosas bien: hacé al revés, hablale a la Virgen de tu viejo. Decile a Ella que estás preocupado por su salud no solo física, sino espiritual. Pedile que no lo deje morir sin recibir los Sacramentos. Pedile a María que prepare su corazón para el Gran encuentro con el Señor de la Vida.
No imagino mayor dolor que el de no volver a ver a nuestros padres nunca más.
En mi despedida, te dejo esta pequeña oración para que la leas con tus labios y tu corazón. Aunque por ahora no lo comprendas. No importa. Porque lo que le sucedió a mi papá, le puede suceder al tuyo y yo te aseguro que será una gran bendición.
«Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús,
quiero consagrarte la Salvación de mi papá.

Quiero que sea totalmente Tuyo y que,
a partir de este momento lo llames a la conversión,
a la confesión de sus pecados y a recibir los Sacramentos,
para que cuando el Señor así lo disponga, él pueda morir en paz,
y nosotros, algún día, podamos reencontrarnos en un abrazo eterno».

Amén, Amén, Amén.
Con el cariño de siempre, Pablo Córdoba.
P.D. Agradezco tus palabras de aliento y muestras de cariño. Conozco tu corazón, por eso te pido por favor, que hagas pedir una Misa por el eterno descanso de Rubén Eduardo Córdoba y que, además de anotar su nombre (para que Celebrante lo lea) acompañes tu pedido con una ofrenda económica.