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Querido Santo Padre:

Llegó el atardecer de tu vida. El mundo te acompañó con sus plegarias, mientras que, la televisión nos recordó tu vida.
Te vimos niño, seminarista, Sacerdote y Obispo. Saludando multitudes, a jefes de estados, a obreros, ancianos y a niños. Siempre sonriendo, derrochando alegría.

“No teman miedo de abrir sus corazones a Cristo” –nos dijiste en tu primer mensaje.

“Amen el mundo, a pesar de sus miserias” -nos indicaste cuando besaste tierra extranjera.

“Construyan la paz en sus hogares, en sus lugares de trabajo» –nos expresaste en tus esfuerzo denodados por evitar las guerras.

“Construyan puentes de hermandad” “Busquen el diálogo con sus vecinos judíos, musulmanes y de otras religiones –nos pediste, cuando te reuniste con los líderes religiosos.

“Sean hombres y mujeres de oración”. “Recen el Rosario” “Traten a Cristo” –nos sugeriste, con tus largas horas frente al Sagrario.

“Cuiden de los niños y de los enfermos” –nos dijiste, cada vez que, saliste del protocolo para despertarles una sonrisa.
Tu cuerpo fue tu cruz y lo cargaste pacientemente, hasta el último día.

Cierro los ojos y te veo asomado a la ventana, queriéndole hablar a la multitud, llorando lágrimas de silencio e impotencia.

No pudiste alzar los brazos para béndecirnos, pero lo hiciste con tu mirada cansada.

No pudiste desearnos Felices Pascuas, pero tu saludo pascual nos llegó al corazón.

No pudiste expresar tu amor y al golpear el atril nuestros corazones se encendieron de amor a Dios, al ver cuanto nos amabas.

Ante la multitud lloraste lágrimas de agotamiento y, aunque ya no tenías fuerzas, nos abrazaste con toda el alma.

Papa Grande, desde nuestro corazón damos gracias a Dios por tu vida y elevamos una sentida oración, por el eterno descanso de tu sonrisa.

Pablo Córdoba.