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Autor: Pablo Córdoba
Fuente: www.pablocordoba.com
–¿Me estás diciendo que Cristo estuvo sólo?
–Le mentiría a la humanidad completa; si te dijera que no estuvo acompañado. Al lado suyo siempre estuvo María, su madre. Aquella joven que treinta años atrás le había dado su SÍ al ángel; ahora era una mujer que ya conocía el sufrimiento.
Había enviudado, vivía en la pobreza y estaba perdiendo lo único que tenía. No sé si cabe un sufrimiento mayor que ver morir a un hijo de esta manera. Pensar que ella sí que hubiera encontrado excusas para quedarse en casa. Pero allí estaba: pidiendo permiso entre la gente para poder verlo de cerca. Bregando entre el gentío hasta encontrarse con la sonrisa serena de su hijo malherido.
“Hizo silencio.
–No te detengas, sigue con el relato. Ella continúo:
–Con inmenso amor la madre miró a su hijo. Sus ojos lo dicen todo, lo animan, lo alientan, le sonríen. Desde la tristeza le entrega su dolor. El hijo, agobiado por los empujones de los soldados, se pierde en su mirada, descansando en ella; pero, en seguida, la pierde de vista. Alguien lo escupe a la cara y debe volver al madero.
Su corazón ya ha sido confortado. Aquel encuentro ha sido un consuelo del Cielo, una bocanada de aire puro, un vaso de agua fresca en el desierto del Calvario.
Algo más distantes, detrás de las mujeres, sin que su hijo la viera, María llora en silencio la condena. En ese momento, su corazón entristecido es traspasado por la espada de siete filos para que se cumpla la profecía de Simeón.
Jesús, siendo Dios y hombre valiente, no quiso privarse del amor de una madre. Se dejó cuidar, consolar y acariciar a la distancia. Con hombría, reconoció que la necesitaba y se dejó mimar por Ella.
María tenía motivos para quedarse en casa. Nosotros, por el contrario, buscamos excusas para demorar una visita al hospital, a la casa de la abuela, al asilo para ver a nuestros padres… “No tengo tiempo, estoy apurado, no tengo dinero…”, solemos decir con gesto de ocupados.
Su hijo agonizando y nosotros indiferentes al lado de Ella, sin decirle una palabra, llenos de prejuicios machistas y con vergüenza.
“¿Rezarle a la Virgen? Rezar el rosario es cosa de viejas”, decimos con miedo a verla llorar por causa de nuestra frívola indiferencia.
No esperes que tu vida se convierta en un calvario para contar con la ternura de tu Madre del Cielo. Este es el momento de acercarse a Ella. Busca sus ojos entre la muchedumbre que te acosa… yo te aseguro que, tu mirada será reconfortada con su ternura.

Pablo Córdoba.