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–Siguieron las burlas, le quitaron la capa de soldado, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
–No te detengas.
–Tomaron por un callejón angosto hacia la cima de un pequeño cerro llamado Gólgota, hoy conocido como el Calvario. Iba indefenso, entregado a su condena, sin vanos lamentos; pese a la inmensa injusticia que lo condenaba. Una muchedumbre de judíos y extranjeros, llegados por la Pascua, acompañaba sus pasos, alimentando su curiosidad y el placer de ver sufrir al que decía ser el “rey de los judíos.”
Eran entre ochocientos y mil metros de un camino pedregoso, que debió recorrer descalzo, con sus vísceras heridas, sufriendo hemorragias internas y soportando la mirada indiferente de, quienes no les importaba saber que aquel inocente cargaba con los pecados de toda la humanidad.
Su cuerpo extenuado se tambaleó hasta caer cerca de los curiosos. Entre estos estaban los hombres que había curado, que había alimentado en la multiplicación de los panes; aquellos que lo habían escuchado predicar en el templo; sin embargo, nadie hizo algo para ayudarle. Sabían de quien se trataba y por lo que estaba pasando. Sabían que sería crucificado y que al atardecer estaría muerto. Todos sabían. Sus discípulos, el grupo más íntimo siyo, también lo sabían y sin embargo… no estaban.
Seguramente la curiosidad te hubiera llevado a ver por qué gritaba la gente. Allí lo hubieras visto con tus propios ojos: sereno, confiado, esperando una palabra tuya. ¿Qué le hubieras dicho al Jesús de la agonía?
¿No se desangra tu corazón al reconocerte indiferente ante ese Jesús que murió por tus pecados y por los míos?
¿No se queman tus manos en el deseo de enjuagar su rostro? ¿No arde tu boca por decirle una palabra de aliento? Decísela sin miedo. Este es el momento de hablar con el Cristo del madero.
Cristo sigue agonizando y te necesita más que antes. Todos saben que sigue sufriendo: en la villa, en el hospital, en la cárcel, en tu casa, en la mía, en tu lugar de trabajo…
Nosotros, que somos sus íntimos, también lo sabemos. ¿Me podés decir dónde estamos cuando el Señor más nos necesita? ¿Dónde estamos?

Será hasta la reflexión de mañana, Pablo Córdoba.