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Era un buen hombre. Serio, responsable y con ideales. Estaba casado, tenía dos hijos. Era ejecutivo en una importante empresa internacional, a la que había ingresado de joven como pasante.

Por su cargo no cumplía horario dentro de la empresa, pero por sus obligaciones solía estar siempre a primera hora y nunca llegaba a casa antes de la cena.

Después del trabajo seguían las actividades. Los lunes entrenaba en un gimnasio cerca de su casa. Los martes cursaba un postgrado en la Universidad de la ciudad.

Los jueves tenía una cita sagrada: se reunía a con sus amigos a comer, tomar unos vinos y conversar de manera distendida. Los viernes, solía volver a casa “temprano”.

No tenía tiempo para asistir a las reuniones de su hijos del colegio, mucho menos para llevarlos al médico o al dentista.

Le resultaba imposible llevarlos a un cumpleaños o ayudarle con las tareas de la escuela.

El joven entusiasta que trece años atrás había dicho Sí en el Altar por que quería formar una familia, amar a su esposa, tener hijos y ser feliz… Se había convertido en el hombre sin tiempo.

Sin tiempo para la esposa, para los hijos… para la familia. Un buen día también se quedó sin trabajo.

Cuando quiso regresar a casa y encontrar consuelo descubrió que, además de quedarse sin tiempo, se había quedado sin esposa, sin hijos y sin familia.

Pablo Córdoba.

P.D. Déjame en tus comentarios si has vivido alguna vez una situación similar y cuéntame por favor como lo has resuelto.