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Recordé que debía hacer el cambio de aceite a mi coche. Llamé, solicité turno y a la hora acordada me presenté.
El aceite está en excelente estado –me dijo el empleado–. Una mala pasada de mi memoria. Pero, si no era por el aceite, ¿por qué motivo habré venido hasta acá? –me dije en voz baja–, una y otra vez.
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Le pregunté si necesitaba algo de mí. Ante la sorpresa de la pregunta, me respondió que no. Regresé a casa y busqué ropa para su hija y un libro para su hermano que está hospitalizado.
Al día siguiente, apareció un ruido en el motor. Para esa misma tarde, el ruido se había tornado insoportable. Muy a pesar mío, debí volver al servicio técnico. Al menos ahora tenía un motivo.
Al verme ingresar, el dueño del taller, un hombre de gran estatura, me preguntó por qué había regresado. ¿No se habrá vuelto a confundir? –me preguntó entre carcajadas y en tono de risas.
He venido por Usted –le respondí con voz segura. ¿Tiene un lugar donde podamos conversar a solas? –su sorpresa fue más grande aún.
¿Conmigo? –Insistió con gesto de persona inocente.
–Sí, con Usted, pero a solas.
Pasamos a una oficina llena de papeles y bastante desordenada. Me senté en una silla algo destartalada y él, en un sillón en similar estado.
Sin que mediara ninguna introducción, fui directamente al grano y le pregunté, ¿cuánto tiempo hacía que no se confesaba?
Su rostro empalideció. Sus ojos se humedecieron. Por unos instantes ni siquiera pestañeó. Fue como si se hubiera detenido el universo. Para disimular llevó su mano a la cara, pero no pudo más y se largó a llorar como un niño.
Yo no sabía qué hacer en ese momento. Atiné a rezar un Avemaría en silencio. Cuando él dejó de llorar, con voz entrecortada me contó su historia y los motivos por los qué hacía más de cuarenta años que no se confesaba.
Regresamos a la zona de reparaciones, cómo si fuéramos amigos de toda una vida. Él estaba distendido, yo contento de haber encontrado el verdadero motivo de mi visita.
Sólo se había aflojado una tuerca y eso provocó la vibración y ruido –nos explicó el empleado que jamás imaginó siquiera de lo que habíamos hablado.
Pablo Córdoba