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Actualmente estoy ayudando a mejorar problemas de comunicación a varios matrimonios. Pensando en ellos y buscando una manera gráfica de ayudarles, he preparado esta corta historia. Espero te guste, te ayude y te anime a ser mejor.

Por el modo de golpear, no podría ser otra persona. Pero, ¿qué lo traería de visita un domingo a la hora del almuerzo? Algo andaría mal –pensó mientras fue en la búsqueda de las llaves.

“Se saludaron con un tímido abrazo. Nunca habían sido muy confidentes, pero desde el nacimiento de los nietos, la relación entre ellos había mejorado bastante.

–¿A qué se debe el honor? –le dijo con una corta carcajada que denotaba preocupación y alegría al mismo tiempo.

–¡Está loca! Ya me tiene harto con eso de que no la escucho –dijo el visitante con el brío de quien goza de buena salud después de los cuarenta. El mismo que, ocho años atrás, había prometido amor eterno.

–Debe ser verdad –le respondió el padre, mientras lo invitaba a pasar a la cocina para compartir un plato de sopa.

–Dice que no le prestó atención, que no valoro sus esfuerzos. Repite siempre el mismo versito:”me prestas las orejas, pero no me escuchas”

–¿Y tú la miras a los ojos unos instantes cuando te habla o sigues mirando televisión como si nada? –le dijo con una cómplice sonrisa, mientras encendió la hornalla y puso a calentar la sopa.

–Pareciera que no se da cuenta que vuelvo cansado; que salgo a las siete de la mañana y que no regreso hasta la cena. Te juro que no le falta nada ni a ella ni a los niños.

–¿Y no se te ha ocurrido pensar que ella también llega a la noche cansada? –le interrumpió, llevando una mano hasta el hombro de su hijo. ¿Nunca te has preguntado cómo se siente? –le dijo después de tomar asiento.

–Pero Papá… Si tiene todo lo que necesita…

–¿Te parece? –insistió el sexagenario, al tiempo que sirvió una cucharón de sopa y buscó en el cajón de los cubiertos una cuchara.

–Yo sé que eres un hombre trabajador, hijo mío. Y un buen padre para tus hijos, pero me parece que como esposo…
“El hijo se quedó en silencio. Jamás hubiera imaginado que, aquel hombre que había sido frío y distante con su esposa, le fuera a dar una respuesta como esa. Su padre continuó diciendo:

–Yo también creí que con aquel “te quiero” que le dije de novios y el “sí” que le di en la Iglesia era suficiente, que con traer dinero alcanzaba… Pero no.

“La sopa se estaba enfriando, aún sin ser probada. Cuantos momentos hermosos había vivido en aquella cocina que ya no olía a tostadas con manteca ni a pollo al horno con papas. Todo lucía tan diferente, tan triste, tan abandonado…

–Son los mismos reproches que me hacía tu madre. Pero no los supe ver. Raras vez la miraba. No me di cuenta de que mis faltas de cariño le habían resecado sus manos envejecidas y no el detergente, como ella decía.

No supe reconocer en cada mesa bien servida el amor a la familia -dijo con nostalgia. Ahora comprendo que, aquellas flores que solía poner sobre la mesa del comedor, eran por los aniversarios. Ahora que nadie riega las plantas ni me prepara el flan con caramelo para el día de mi cumpleaños… Ahora -dijo con los ojos mojados.

“Se levantó y sin que su hijo le alcanzara a ver los ojos humedecidos fue hasta la habitación. El hijo se quedó mirando la sala del comedor. La misma que ahora, su padre atravesaba para regresar con un cofre entre las manos.

Lo dejó sobre la mesa y con la euforia propia de quien va a revelar un secreto, lo abrió con cuidado. Con mano temblorosa sacó una bolsita de terciopelo azul atada con un tiento oscuro. Desató el nudo y sacó de adentro una joya que parecía haber permanecido dormida en el tiempo.

–Era de tu madre. Se lo compré con el premio que recibí al jubilarme –dijo con el tono del guerrero que siente orgullo de sus hazañas.

–Creo no habérselo visto puesto –le respondió embelesado, como si estuviera viendo en la reliquia, la dulce sonrisa de su madre enferma.

–No tuvo tiempo. Por eso nunca se lo viste puesto. A mí me gustaría… –le estaba diciendo cuando un nudo en la garganta lo dejó en silencio.

El hijo interpretó que se lo quería entregar como regalo para su esposa. Vio en el gesto, la excusa perfecta para sanar la crisis por la que pasaba su matrimonio… Entonces, para evitarle el transe vergonzoso de hablar emocionado, le preguntó si quería que se lo regalara a su esposa.

–No. –sentenció el padre mirándole a los ojos. No quiero que cometas el mismo error que yo cometí durante mucho tiempo. Tu esposa no necesita de un reloj nuevo. Solo necesita un poco más de tu tiempo.

Pablo Córdoba.

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