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Autor: Pablo Córdoba
Fuente: pablocordoba.com
Era el último día de clases. El acceso al colegio estaba atiborrado de coches. Parecía un hormiguero. Todos apurados. Padres, docentes, transportista y niños.
La portera me entregó mis niñas. Ambas venían sonriendo con sus respectivas carpetas de informes en la mano… ¡Lucían muy orgullosas!
Después de no pocos esfuerzos, logré sujetar a las dos en sus cochecitos y partimos para casa.
Un viento de recuerdos me llevó a mi infancia. La alegría de llevar un buen informe a casa.
“Mira cuánto esfuerzo el de tu maestra para elaborar tantos informes. Cuánta dedicación. ¡Cuánto tiempo! Es como tu mamá, una mujer trabajadora… ¿Le dijiste gracias?” -preguntó con tono de sentencia.
Han pasado más de treinta años y aún recuerdo la lección.
¡Ahora o más tarde será más difícil! -me dije para adentro.
Puse el guiño y, para sorpresa de mis hijas, regresamos a la escuela. Sorprendida la portera, nos preguntó que sucedió.
Nos volvimos a dar las gracias. -Le respondí con un leve nudo en la garganta.
Las nenas pasaron, besaron a sus maestras y los cinco minutos de demora se convirtieron en un manojo de sonrisas.
P/D: ¿Le dijeron tus hijos gracias a la maestra?
Entonces… Manda una nota, envía un detalle de agradecimiento. Algo para que tus niños aprendan que la maestra, es como la mamá, una mujer trabajadora, a la que un beso le puede cambiar el día.
Seguramente ese detalle volverá a modo de recuerdo, cuando tus hijos, sean padres y tú… te hayas convertido en la maestra de la vida.
 
Un gran cariño,
 
 
Pablo Córdoba
Tu amigo escritor