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Del libro: Cómo darle Sentido a tu Vida
Saga: Descubre Cómo
«Trabajo todo el día. No tengo tiempo para hacer reflexiones en mi trabajo. Menos para ir a la Iglesia a rezar…» Suelen ser algunas de las excusas que utilizamos para decirle a Dios que no. No me molestes.
«No tengo tiempo» –le decimos con indiferencia–. Tiempo tenemos, lo que no tenemos es deseos de dedicárselo a Dios.
Para tener una vida espiritual no se requiere de tiempo extra. No es necesario recitar oraciones de memoria ni pasarse el día en el Templo.
Rezar es hablar con Dios de tus cosas: de tus preocupaciones y problemas. Sobre tus miedos, tus contradicciones; pero también de tus logros, tus alegrías, de tu día a día, en otras palabras.
En cualquier situación laboral puedes establecer diálogo con Dios. Toda tarea honesta, ofrecida a Él, puede transformarse en oración. Trabajar con amor es un modo muy eficaz de orar.
Tu lugar de trabajo, donde están tus compañeros, tus aspiraciones, tus intereses y problemas, puede ser el lugar de encuentro con ese Dios que te ama infinitamente y te espera.
Estando en la calle, la oficina, el taller, la escuela, el hospital o en el campo… En medio de las ocupaciones diarias podemos encontrarnos con Cristo y hablar con el Amor de los amores, a solas.
Con tener a mano un crucifijo, una imagen que te recuerde a Jesús, será suficiente para que, con solo mirarla, te comuniques con Él y puedas contarle de tus alegrías y problemas. Eso es rezar.
¿No late tu corazón al saber que te está esperando en la oficina, en el aula, en el mostrador o en tu casa? ¿No te ilusiona saber que podrías descubrir a ese Dios que está escondido en tu lugar de trabajo?
Tu actividad puede convertirse en oración. Tu lugar de trabajo en lugar sagrado, donde tu corazón se encuentre con el corazón de Dios. A partir de entonces, empezarás a vivir mejor. ¡Mucho mejor!
¿Por qué no pruebas? Busca una imagen de Cristo y en la intimidad de tu cuarto mírala a los ojos. Dile lo que piensas, que estás enojado con Él o con su Iglesia… lo que sientas. ¡Háblale con el corazón!
Llévala al trabajo. Lleva a Cristo contigo en el coche, en el autobús… y al llegar, guárdala en un cajón o déjala sobre tu escritorio. Durante el día, échale una mirada; y lo más importante: deja que Él te mire a los ojos. ¡Deja que le hable a tu corazón!
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