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El tren pasaba el primer domingo de cada mes, al atardecer. Y no volvía a pasar hasta el mes siguiente.

Como lo venía haciendo desde varios años atrás, ese domingo, Juan Esteban se bañó, se puso su mejor traje y se perfumó con su mejor perfume.

Salió al jardín de su casa, cortó las flores más bonitas y armo un ramillete precioso.

Busco su alcancía, tomó los ahorros del mes, se puso el sombrero y se dirigió a la estación del ferrocarril.

Diez minutos duraba la parada. Sólo un instante, para buscar desperado entre la muchedumbre, el rostro de su amada. Bien perfumado y con las flores en la mano.

Sonó el silbato anunciando la partida del convoy y, con el tren, partieron sus esperanzas.

Como lo hizo el mes anterior, regresó a su casa por el andén, con las flores hacia abajo y su corazón destrozado.

Caminó por la avenida principal. Siempre por la misma acera.

Sabía que a la vuelta de la esquina, se encontraría con Marelen quien, lo invitaría a pasar al salón.

Aunque siempre quiso hacerlo, nunca se cruzó de vereda.

Desde el salón ella lo invitó a pasar a la habitación. Allí, le dio un poco de placer. Él, a cambio, dejó el ramo de flores sobre la mesa y los ahorros del mes a un costado.

Esta historia será parte del Manual de Educación Sexual que estoy preparando para docentes. La comparto con aquellos que están en la educación de los jóvenes con la intensión de que les sea de utilidad.

Pablo Córdoba.