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Era un atardecer tan triste como mi ánimo. Las cosas no me salían bien. Antes de despedirme, dije a mi esposa que por momentos tenía ganas de que me pisara el tren.
Salí a la calle. Por la vereda del frente, un joven con dificultades para caminar avanzaba apoyándose de las verjas de las casas.
Por momentos parecía que tropezaba, pero no. Él seguía. Fue cuando me presente y me ofrecí para llevarlo en mi coche. Aceptó agradecido.
Iba hasta su casa. Volvía de la consulta del médico. La suya una grave enfermedad que se despertó en lo mejor de su juventud y que avanzaba sin pedirle permiso.
Llegamos a su domicilio. Le confesé mi admiración y le pregunté: ¿cómo hacía para no desanimarse?
–Sé que si me quedo en casa, será peor –fue su respuesta–. Entonces salgo. Aunque las cosas no salgan como yo quisiera, lo intento igual.
Lo seguí viendo por el barrio. Nos hicimos amigos. Sus músculos se siguieron endureciendo: ya no pudo volver a caminar.
Sin que nadie lo pudiera cuidar debió dejar su casa y pasar a la cama del hospital. Fui a visitarlo en varias oportunidades.
Su cuerpo cada vez más consumido. Su sueño: volver a dar clases de catequesis en su Parroquia. Su única esperanza: Dios.
Esta tarde me avisaron que, con apenas treinta y cuatro años, había dejado de respirar. Su corazón debilitado no aguantó más la soledad.
Te lo cuento por dos motivos. Primero para que reces por el eterno descanso de Juan Manuel Rodriguez y, para que en tus tardes tristes de desánimo recuerdes su lección de vida, tal como la recuerdaré yo.

Si fuiste amigo de Juancito. Si quieres compartir algún recuerdo alguna anécdota, alguna enseñanza de vida… puedes hacerlo en comentario.

Pablo Córdoba.