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Un encargo Parroquial, pero no del Párroco.
Pablo, ¿te podrías encargar del Vía Crucis para los niños? –Me preguntó el Cura de la Parroquia, donde colaborada.
Desde luego que sí, fue mi respuesta.
Lo cierto es que faltaban escasos días y no se me ocurría nada. No sabía dónde conseguir un Vía Crucis para Niños y Adolescentes.
El que tenía en mi casa, era demasiado largo, muy pesado para los niños y adolescentes. Además, lo había usado tiempo atrás y les resultó aburrido.
¿Cómo haría para llamar la atención tanto de niños como de jóvenes?
Algo distinto. Moderno. Sencillo, simple y, lo más importante que les llegara al corazón, que despertara en ellos sentimientos de amor hacia Cristo y, si fuera capaz de animarlos a propósitos concretos… ¡Mucho mejor!
Busqué en las librerías de mi ciudad y nada. ¡Más de lo mismo!
Busqué en Internet y, lo que encontré, no me convenció.
Casi resignado, me decidí a hacer el Vía Crucis, que necesitaba. Entretenido, conmovedor y efectivo.
¿Después de todo, soy escritor? Me dije y empecé a trabajar.
Al cabo de unos días, tenía entre mis manos, el Vía Crucis que necesitaba.
Lo imprimí y se lo llevé al Cura. Cuando lo vio, me explicó, que en realidad no hacía falta. Usaremos el mismo del año pasado, me respondió con una sonrisa.
Era la excusa perfecta para quitar mi colaboración parroquial y un motivo para alejarme.
¿Para quién había hecho yo ese trabajo, para el Cura o para Dios? ¿Quién me lo había encargado en realidad? ¿Lo hacía para aparentar, para quedar bien, para ganar un poco de espacio y de poder?
Lo que hiciera en adelante con ese trabajo, daría la verdadera respuesta.
Decidí poner el texto a disposición de quien lo necesitara, ya sea para sus hijos o nietos, ya sea para su Parroquia.
Y otra cosa: ¡No renunciaría! Seguiría colaborando, convencido que mi servicio no era para mi orgullo personal, sino para Dios.