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En la compañía, lo más importante eran las ventas. Había que vender, vender y vender.
Con tal objetivo, desde la casa central se capacitaba a los gerentes y team leaders en el dominio de las técnicas para manejar a los productores, asesores, o como quieran llamarles, en todo lo que sea ventas. El nombre era lo de menos, todos nos alistábamos como “vendedores contratados”.
La empresa prestaba servicios las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. No había domingos, feriados, ni día del trabajador. No éramos empleados; formábamos parte de la empresa sin pertenecer a ella, dependíamos de las ventas.
Era muy sencillo: al comienzo del período se establecían los objetivos de cada área. Todo se medía según resultados. El que no vendía ni producía lo planificado; no alcanzaba los objetivos y, tarde o temprano, quedaba en la calle.
Quedar en la calle es un modo de decir: ya para vender estábamos en la calle. Una vez despedido, el empleado dejaba de “pertenecer” a la prestigiosa compañía multinacional, se quedaba sin el pin y sin el logo, sin los cursos de capacitación en el exterior, sin las tarjeta personal, sin el viaje a las convenciones, sin la fiesta de fin de año… con el curriculum bajo el brazo y la carga social y familiar de ser un desocupado.
 
Si por alcanzar los objetivos de la empresa no estás alcanzando tus objetivos personales, tarde o temprano estarás en problemas.
Es imperante no perder el trabajo; pero hay otras cosas que estás perdiendo a cambio. ¿No es más preocupante haber perdido la fe, por ejemplo? ¿De qué te sirve comprar el mundo en cuotas, si a cambio te pierdes de vivir la verdadera felicidad?

“De que te sirve conquistar el mundo entero, si a cambio pierdes tu alma”, le decía Ignacio de Loyola a su amigo Francisco Javier, citando al Evangelio.
La situación económica y laboral del país es preocupante. El desempleo sigue creciendo y volver a la calle a buscar trabajo sería fatal. Pero es más tremendo que, en el atardecer de tu vida, te encuentres ante Dios con las manos vacías, desocupado de los problemas del prójimo y con la carpeta curricular de tu vida debajo del brazo.
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